Mis primeros "reyes magos"


Recuerdo perfectamente mi primera “interacción oficial” con los Reyes Magos en mi pueblo. Y no, no fue un encuentro tranquilo ni lleno de solemnidad… más bien fue una mezcla entre emoción desbordada, nervios infantiles y un pequeño desastre logístico digno de contar.

Todo empezó la tarde del 5 de enero. El pueblo estaba revolucionado: luces, gente en la calle, abrigos que parecían armaduras contra el frío y ese olor a roscón que lo impregnaba todo. Yo, con una ilusión que no me cabía en el cuerpo, llevaba días ensayando mentalmente cómo pedir mis regalos. Tenía el discurso preparado mejor que un opositor… pero claro, nadie me avisó de que los nervios iban a jugar en mi contra.

Cuando por fin apareció la cabalgata, aquello me pareció más espectacular que cualquier superproducción de cine. Caramelos volando, música a todo volumen y los Reyes saludando como auténticas estrellas. En ese momento yo ya no era un niño: era un estratega en misión crítica… había que conseguir el máximo número de caramelos posible.

El problema vino cuando intenté abarcar más de lo humanamente posible. Bolsillos llenos, manos ocupadas… y aun así intentando recoger uno más. Resultado: tropiezo histórico en mitad de la calle, con dispersión de caramelos incluida. Creo que en ese momento alimenté a medio pueblo.

Pero lo mejor estaba por llegar. Llegó el momento de acercarse a los Reyes. Ahí estaba yo, cara a cara con Sus Majestades, con todo mi discurso perfectamente memorizado… y cuando me preguntaron qué quería, mi cerebro decidió desconectar. Silencio. Blanco absoluto. Creo que balbuceé algo como “un… eh… eso… un juguete”. Muy concreto todo.

Aun así, debieron entenderme, porque al día siguiente apareció magia en casa. Y no solo regalos, sino esa sensación única de que algo especial había pasado.

Con los años he entendido que aquella noche no iba solo de juguetes. Iba de ilusión, de risas, de caídas épicas y de momentos que se quedan para siempre. Y cada vez que vuelvo a ver la cabalgata en el pueblo, no puedo evitar sonreír… y, por qué no decirlo, sigo intentando coger más caramelos de los que puedo.

Porque hay tradiciones que no se pierden… solo evolucionan.

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